Por: Daniel Vidal Toche
Una vez en medio de Javier Prado a las 6 de la tarde estaba despotricando co
ntra el laberintoso tráfico de Lima y por su puesto contra lo brillante de las tombas que se instalan cual autómatas a esa hora –en ninguna otra hora es posible encontrar tales infracciones de tránsito, pero las autómatas siguen. A mi lado un amigo me hablaba como si no ocurriese nada. Entonces, como si fuera la reencarnación de Carver, le dije: Puedes hacer el favor de callarte, por favor. Se molestó un poco y preguntó qué me pasaba. Es el desorden, respondí. El maldito desorden. De repente una idea salió de sus labios y la entendí perfectamente. Tío, me dijo, con lo impuntual que eres deberías agradecer el desorden, si estuvieras en Alemania tendrías que estar en un paradero a la hora exacta porque sino se te va el bus, y mancaste. No tienes porque verlo como desorden, tú lo entiendes, yo lo entiendo sólo te queda reconocerlo, nunca vas a ser alemán.
ntra el laberintoso tráfico de Lima y por su puesto contra lo brillante de las tombas que se instalan cual autómatas a esa hora –en ninguna otra hora es posible encontrar tales infracciones de tránsito, pero las autómatas siguen. A mi lado un amigo me hablaba como si no ocurriese nada. Entonces, como si fuera la reencarnación de Carver, le dije: Puedes hacer el favor de callarte, por favor. Se molestó un poco y preguntó qué me pasaba. Es el desorden, respondí. El maldito desorden. De repente una idea salió de sus labios y la entendí perfectamente. Tío, me dijo, con lo impuntual que eres deberías agradecer el desorden, si estuvieras en Alemania tendrías que estar en un paradero a la hora exacta porque sino se te va el bus, y mancaste. No tienes porque verlo como desorden, tú lo entiendes, yo lo entiendo sólo te queda reconocerlo, nunca vas a ser alemán.
Cierto, nunca vamos a ser alemanes ni tampoco deberíamos desearlo. Se sigue pensando en espejos a otros lares, se sigue pensando que no tenemos un lugar, que debemos llorar por lo que se perdió. De un lado la violencia dejó sin hogar a muchos que hoy imperan en la llamada periferia, del otro la gente se atrincheró, y se sigue diciendo que no tenemos una identidad en común. Otros progresistas, generalmente abogados, salen a las calles con las banderolas de la igualdad. La mentira más grande habida y por haber. No somos iguales, ni lo seremos, ni tampoco vamos a tener una identidad única, o una sola historia, o una sola Lima.
Este breve texto quiere presentarles esa otra Lima que llevamos metida entre la carne y la uña, cargada de colores y de ese desorden imperante que parece impulsar los motores de la nueva economía, como un sigiloso gigante que avanza sin que nadie lo note. Es vergonzoso ver que los financistas, los economistas, los empresarios, han visto lo que los intelectuales, miembros de la cultura, no han conseguido ver. Es vergonzoso que se hayan antepuesto al discurso estético, histórico. Allí está el desorden, no en no soportar el tráfico hastiante de las seis de la tarde, sino en no entender que existe un universo que impera sobre él, que reconocemos, que utilizamos y el cual nos tiene como enemigos íntimos a todos resumidos en él. Del cual decimos querer salir, pero del que no estamos dispuestos a renunciar por ningún Frankfurt serio y programado. Lima es lo que hoy se ve, pero nadie lo entiende, porque hasta ahora no se ha creado un discurso, no se ha dicho lo
que se tiene que decir sobre sus nuevos héroes y sobre esa chicha imperante, sobre las reinas y reyes, sobre los nuevos patrones que se distienden en nuestra ciudad, que sigue siendo de los reyes, de los nuevos y los viejos. No se trata de un apartheid, no se trata de sesgos, sino de aperturas. Existe un bien común, pero en la riqueza de cada quien se asienta su cultura, con sus influencias y las que vendrán. Movimientos que nacen de los lugares que se rechazan ahora colman autos europeos (el reggaetón) fuera de las universidades A1, el concepto se desintegra, ya no hay un mundo A1, sino uno que refiere sus propios dominios y que entiende quién es y hacia donde va. En el camino se encontrará con alguien en la misma dirección y quizá escuche un disco que le gusta.

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